EL SEGUNDO SOL
Baja
la ladera de la montaña a toda prisa, tras él corre su perro de pelaje
caramelo, da vueltas en torno suyo cada vez que le da alcance, cuando el objeto
que llamó su atención termina por aburrirlo. Ladra de vez en vez, alegre como
siempre era en compañía de Jacinto, pero éste no le sigue el juego, sus
pensamientos están centrados en llegar lo más pronto posible a su hogar, una
humilde casa construida de madera y ramas secas de palma que sus padres
recolectaban de la selva y cambiaban cada año en verano para estar preparados
en el siguiente invierno.
Jacinto
sabe que aún la primavera no ha tomado dominio de su estación y sabe que en esa
época el frio hace que mantenga sus abrigadoras prendas de vestir sobre su
cuerpo, pero hace varios días que se ha dado cuenta que cuando regresa de
guardar las ovejas en los corrales de la montaña, donde su padre construyó un
pequeño habitáculo de piedras para que tanto Jacinto como su hermano Isaías
pernoctaran cuidando los animales, el calor de los rayos de sol lastiman su piel
y agota las bestias que caen desvanecidas mientras pastan en esos campos
siempre verdes que poco a poco en esos días se ha ido tornando amarilla y el
pequeño Isaías no se aparta del riachuelo a donde baja permanentemente a beber
agua.
Es
medio día y aún le falta mucho para llegar a su hogar. Con la prisa tropieza
con una piedra y se lastima una rodilla. Se ve obligado a detenerse porque la
sangre que empezó a brotar del corte que le produjo el guijarro de piedra al
caer, inmediatamente se secó y la costra se puso tan tirante que le impedía
bajar con rapidez por el dolor que le ocasionaba. Esos escasos minutos que lo
detuvieron fueron suficiente para que sintiera que su espalda le ardía. Sintió
el olor a lana chamuscada por el fuego, se asustó y se irguió tratando de tocar
la chompa que cubría su dorso y retiró sus dedos inmediatamente porque sintió
el calor del fuego. Aterrorizado se despojó de la prenda y la arrojó al suelo y
pudo constatar directamente con sus ojos que la paja seca que se tenía pegada a
la chompa estaba encendida y despedía una llamita amarilla y naranja.
Retrocedió varios pasos sin entender lo que sucedía, el calor del sol era
insoportable y buscó la sombra de un árbol. Se apoyó contra el tallo áspero del
árbol que hirió la piel de su espalda desnuda, pero lo ignoró. Miró de un lado
a otro, no divisó una sola persona, ni un animal, ni un pájaro, todo estaba en
silencio. Se animó a avanzar un poco, pero el sol era tan fuerte que no se lo
permitió y volvió bajo la sombra del árbol.
-Hermano…
hermano -sus ojos se abrieron de golpe, todo estaba oscuro y aun así el calor
del ambiente era fuerte- ¿qué pasó, porque quemaste tu chompa?
Jacinto
reconoció al pequeño Isaías
-
Creo que estoy enfermo, siento que todo mi cuerpo quema ¿tendrás un poco de
agua? Isaías meneó la cabeza en forma negativa. Estaba de cuclillas y lo miraba
con curiosidad.
-
Avisaré a la madre y te traeré agua, quédate allí, te ves muy agotado.
Y
emprendió su carrera de niño juguetón, cuesta abajo. Sus pequeños pies calzados
de zapatillas de tela parecían no pisar el suelo de tierra y guijarros. Jacinto
se quedó sentado bajo el árbol que bajo la luz de luna parecía revivir, su
perro se le fue acercando, jadeaba como si hubiera corrido, Jacinto acarició la
cabeza del cachorro y este se acomodó junto a él.
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-
Que haces Graciela, te he visto rezar casi todo el día -Dijo Gabriel el jefe de
la aldea, acercándose a la mujer que ayudaba a su anciana esposa en las labores
de la casa- pareces asustada ¿qué has visto? Graciela que permanecía
arrodillada sobre el césped, descubrió la cabeza y se volvió a mirar a su
patrón. Su mirada, de ojos castaños, era casi de terror.
-
Señor, he visto a mucha gente caminando en los campos y en las grandes ciudades
y todas ellas caían muertas quemadas por un sol abrazador.
- ¿Lo
has soñado?
- No
lo sé
-
Qué pasa Graciela, no me digas que has vuelto a tener visiones, recuerda que el
párroco dijo que no está bien mentir.
-
Sólo le digo lo que vi.
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Ingresó
a su casa exhausto, dejó el maletín de médico que siempre portaba cuando
visitaba a sus pacientes, sobre la pequeña mesa colocada para ese fin, cerca de
la puerta de ingreso. Le salió al encuentro su joven esposa apenas cubierta con
un chal sobre los hombros y su camisón de seda. Al doctor le pareció entraño
verla tan poco abrigada.
- Qué bueno que llegaste,
estaba preocupada por ti.
- ¿Sucede algo?
- Susanita tiene la
temperatura muy elevada, tiene fiebre, pero ella insiste en seguir jugando.
Santiago, que así se llama
el doctor se apresuró a ir a ver a su hija. Ingresó a la habitación pintada de
rosado y decorada con dibujos de cuentos para niños. Elvira adoraba esa
criatura, la única que pudo crecer en su vientre después de tantos intentos. La
pequeña saltó al cuello de su padre apenas lo vio ingresar. Estaba realmente
feliz.
- ¡Papi!
- ¿Me extrañaste? yo
también, pero hoy hubo mucho trabajo y tuve que ir de casa en casa de mis
pacientes -decía eso mientras sus manos y su pecho que tenían contacto con el
cuerpecito de esa niña de tres años, captaban el calor que irradiaba. Elvira
tenía razón, Susanita estaba afiebrada y pensó que solo sería una gripe por el
cambio de estación, aunque recordó a sus pacientes y todos ellos presentaban
temperaturas altas.
- La nana se fue temprano
-dijo Elvira, cuando vio que Santiago pretendía llamar a Lucía- una vecina de
ella le avisó que había problemas en su casa, dijo que su madre que es una
anciana, había salido a las calles gritando que llegaba el fin del mundo.
Santiago pidió a su esposa
que trajera un vaso con agua donde mescló unas medicinas y se las dio a su hija,
esperó que se durmiera y bajó a la cocina donde encendió la radio esperando
escuchar alguna noticia que explicara los sucesos de aquel día, pero no hubo
nada.
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Jacinto no había podido
dormir, tenía la piel de la espalda llagada, encima las heridas que se había
causado estaban hinchadas. Su madre había salido muy temprano a buscar algunas
hojas de plantas medicinales para cubrir las llagas de Jacinto, demoró mucho y
cuando llegó solo había conseguido unos miserables brotes de hierba santa. La
mascota de la familia se encontraba vigilante a su querido amo.
- ¿Qué sucedió, porque
demoraste tanto? -pregunto Ramón, su esposo- y por qué traes tan poca de esa
hierba?
- Se me hizo difícil
encontrarlas, los campos están secos como si estuviéramos en verano y el
riachuelo apenas tiene agua.
- ¡Qué raro!
- Lo más raro, es que cuando
alcé mi vista para ver la salida del sol, vi como si hubiera dos soles
elevándose sobre las montañas, uno era lo de siempre y el otro un poco más
lejano, pero igual brillaban como uno solo.
- ¿Que dices Aurora? ¿estas
alucinando tú también?
- ¿Por qué dices que yo
también? ¿Quién más está alucinando?
- Jacinto. Dice que los
hierbajos secos que se pegaron a su chompa comenzaron a arder mientras bajaba
la pendiente y que las quemaduras de su espalda se las hizo el sol en pocos
minutos, cuando se despojó de la chompa. También dice que las ovejas están
muriendo por el calor.
- ¿Las ovejas están
muriendo? ¡No puede ser! son lo único que tenemos para vivir.
- Sí, voy a subir a la
montaña, tal vez pueda construir alguna ramada para protegerlas, porque es
verdad que el sol está muy fuerte.
Ramón tomó su sobrero y su
cayado y empezó a subir la cuesta acompañado de Isaías, quien a sus escasos
ocho años era fuerte como un roble, al menos eso creía Ramón.
- Padre, madre tiene razón
hay dos soles -dijo con voz alegre- ¡mira, mira!
Ramón hizo visera con sus
manos para poder mirar el horizonte a las nueve de la mañana y mirar a donde su
hijo señalaba y con dificultad pudo ver dos esferas una detrás de la otra,
ambas brillantes como soles gemelos. No podía explicar ese fenómeno, él solo
era un zapatero en la aldea y sus productos solo los adquirían los campesinos a
cambio de algún cereal, pero recordó las leyendas que alguna vez sus abuelos le
contaron de la aparición de otro sol que terminó devastando a los hombres y
animales de esa región. Le resultó un poco difícil recuperarse de esa visión,
la brillantez de esos astros le había afectado la retina, pero Isaías corría
cuesta arriba lleno de energía despreocupado de ese fenómeno.
Cuando llegaron a la
planicie donde guardaba sus ovejas, advirtió que había algunas tiradas sobre el
pasto seco, se acercó a examinarlas y constató que estaban muertas. Unas pocas
estaban pastando indiferentes a la muerte de sus compañeras, pero no veía a las
demás, él siempre las contaba para controlar su cantidad, pues si faltaban
sabría que los linces habían regresado a cazarlas, entonces avisaría a sus
vecinos y juntos cazarían a los depredadores.
- ¡Padre, las ovejas están
por aquí! -gritó Isaías, Ramón lo buscó con la mirada entre los arbustos que
crecían junto al riachuelo. Corrió hacía donde salía la voz de su hijo y vio
que efectivamente las ovejas estaban pastando dentro de la zanja, lecho natural
del riachuelo, pero también vio que el agua que se escurría era apenas un hilo
muy fino que se cortaba en su viaje en los montones de barro que las pisadas de
las ovejas formaban. Un mal presentimiento le golpeó el corazón y un miedo a lo
desconocido lo invadió.
-Isaías, hay una cueva en
ese cerro, atravesando el valle -dijo apuntando con el dedo índice a una
elevada montaña casi sin vegetación- me la enseñó tu tío José cuando éramos
niños, allí nos escondíamos cuando tu abuelo se enojaba con nosotros, cuando
perdíamos alguna de las ovejas que pastábamos. En ese entonces nuestra casa
estaba por allá, al sur ¿lo ves? Por entre esos árboles de eucalipto. Cuando
tus abuelos murieron, María, la única hermana que tuvimos se quedó con la
casita, tu tío y yo partimos con nuestras esposas en busca de nuestro hogar.
- Padre ¿por qué hablas de
la cueva, has visto que muchas de nuestras ovejas están muertas?
- Sí Isaías, justamente por
eso te hablo de la cueva
- ¿Llevaremos a las ovejas a
la cueva?
- No se si podremos hacer
ese viaje en una sola noche, además Jacinto está enfermo y tu madre no es muy
fuerte para hacer esa travesía.
- ¿En la noche? Porque no
ahora, sería un viaje divertido.
- Tengo el presentimiento de
que eso no será posible.
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La gente corría de un lado a
otro en el pueblo, las casas con tejados de paja comenzaban a prenderse y el
agua disponible no parecía ser suficiente para contener el avance de las
llamas.
-
¿Eso no lo
viste en tus profecías o sí, Graciela?
El
jefe de la aldea dirigía a los hombres más capaces del pueblo en su misión de
contener el incendio.
-
Lo que he
visto, fue mucho peor.
Gabriel
miró con preocupación las palabras que salían de la boca de Graciela cuyos ojos
no dejaban de ver el siniestro. Las llamas se reflejaban nítidamente en sus
pupilas.
Al
cabo de unas horas de esfuerzos el fuego fue contenido a pesar del viento que
corría, pero los daños eran considerables. El doctor llego y se reportó con el
jefe, rápidamente corrió a atender a los heridos. Uno a uno los reviso mientras
estos estaban sentados en el piso bebiendo desesperadamente agua de pequeños
jarrones de cerámica.
-
Sus heridas
no son graves, por suerte han podido escapar a tiempo de las casas, sin
embargo… - Se detuvo el doctor mirando a los hombres que habían ayudado con el
agua. También presentaban ligeras quemaduras que comenzaban a enrojecer. El
calor era bastante fuerte, pero en su labor de médico lo ignoró para volver a
mirar a la señora que estaba atendiendo.
La
mano de la mujer comenzó a enrojecer poco a poco ante su mirada, y con un gesto
de dolor la retiro rápidamente de las manos del doctor, fue ahí donde se dió
cuenta que sus propias manos estaban sufriendo las mismas quemaduras. No entró
en pánico, pero levantó la vista al sentir una ráfaga de calor sobre su
espalda. El sol no estaba solo aquel día.
-
¡¡¡Señor
Gabriel!! – Grito el médico girándose para buscar al jefe de la aldea. La gente
estaba buscando refugio del sol entre ellos estaba el jefe. – Levántese señora,
debemos buscar sombra.
Otros
hombres y familiares de los afectados corrieron a socorrerlos. Rápidamente la
gente del pueblo se comenzó a poner contra las paredes de algunas casas a las
que aquellos soles todavía no habían afectado, principalmente por estar bajo
nubes o en contracara a los dos astros de fuego.
-
Ahora si es
como en mis visiones- Terminó Graciela apoyada en la sombra mientras miraba
como el agua se evaporaba dentro de un balde frente a ella.
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Ramon
y su hijo comenzaron a sentir el calor de los soles, ya casi estaban listos los
arreglos para que las ovejas puedan soportar lo que restaba del día. Ramón
cuestionaba su plan para sus adentros, pero era la única opción que se le
ocurría. Isaías pastoreo a todos sus animales con gran destreza, era como si se
comunicaran solo con verse, aun así, reunirlas a todas tan dispersas resultaba
una tarea complicada.
Terminada
la labor los dos se dirigieron rápidamente a su casa.
Aurora
miraba constantemente por la ventana esperando la llegada del resto de su
familia. Su hijo Jacinto no dejaba de quejarse recostado en su cama. “Necesita
un médico” pensaba. El cachorro lo miraba desde su rincón gimiendo de ves en
cuando. Tomo una hoja de palma grande que tenía colgada en la pared y la uso
para abanicar a su hijo. Al cabo de un rato un olor a quemado invadió sus fosas
nasales, giro para ver si la cocina estaba prendida, pero no recordaba haber
puesto nada a hervir. De pronto escucho su nombre desde fuera de su casa, era
su esposo.
Avanzo
hasta el portón de su hogar y vio a sus seres queridos llegar bajo la sombra de
una gran nube. Dio un paso para avanzar, pero rápidamente retrocedió al sentir
un calor del sol nada común. Miro su pie para ver si tenía algún daño. Volvió a
escuchar su nombre y levanto la vista.
-
¡¡La casa
se está quemando!!
-
¿La casa se
está quemando? – Repitió Aurora para sí. Entonces recordó el olor a quemado de
hace un instante y regreso donde se encontraba su hijo.
Trato
de levantarlo de la cama y en ese momento miro el techo, efectivamente una
llama se levantaba sobre el techo de paja de su hogar. El cachorro comenzó a
ladrar histéricamente al percatarse de lo sucedido.
Mientras
Ramón e Isaías avanzaban sin vacilar a la velocidad que el calor les permitía.
El padre miro al hijo y confiando en su fuerza le dijo
-
Hijo corre
al pozo y saca toda el agua que puedas.
-
Lo haré
papá.
De
esa forma el niño acelero el paso sacando fuerzas de su juventud y se dirigió
al pozo cercano, tiro la soga y jalo con todas sus fuerzas. Jacinto le dio el
alcance y tomo rápidamente el balde arrojándolo con precisión sobre el tejado.
-
¡¡otra
vez!! – Expreso fuertemente entregándole el balde al niño para después
posicionarse con el y jalar para traer el balde lo más rápido posible.
Luego
de tres rondas más, el fuego se apagó y una nube se posiciono sobre ellos, el
viento dejo de soplar y todo parecía haberse quedado estático. Padre e hijo
cansados, se dejaron caer en el pasto y contemplaron la nube sobre ellos. Su
esposa e hijo se encontraban en el portón, a Jacinto le costaba ponerse en pie,
pero la adrenalina del momento le dio el impulso necesario para mirar al cielo
y decir gracias.
-------------------
-
¿Cómo se
supone que nos movamos ahora? Se escuchaba entre las gentes apoyadas contra las
fachadas de las casas.
Poco
a poco la sombra se reducía, y el viento dejaba de correr. Casi llegaba el
medio día, era cuestión de tiempo para que los dos soles los alcanzaran.
Gabriel,
analizaba la situación apoyándose de todos sus años de experiencia. Sabía que
si se quedan más tiempo sería el fin de la comunidad, pero a dónde ir y cómo.
Recorrió todo el pueblo con la mirada, no encontró nada de utilidad. Entonces
su mirada se fijó en el horizonte, vio las montañas y recordó que existían
cuevas en esa zona. “Lugares fresco” pensó. Volvió a mirar en el pueblo y vió
la iglesia, había gente en el portón y recordó que la estructura era de
ladrillo en su totalidad y no se había incendiado, tampoco las casas de varios
pisos que algunos de los más acaudalados habitantes del pueblo habían
construido para sus familias. De pronto una nube se posó entre su ubicación y
la iglesia creando una sombra considerable. La decisión había sido tomada.
-
Hay que
dirigirnos a la iglesia – Expreso el jefe y toda la gente cercana avanzo con
él.
Las
personas refugiadas en otras casas, corrieron de casa en casa evitando los
rayos de sol, hasta llegar a la iglesia.
El
interior de la iglesia era suficientemente basto para que todos entraran, sus
paredes tenían dibujos de la pasión de Cristo y el ambiente estaba dividida en
tres pasillos, dos de los cuales rodeaban la estructura central. El líder
religioso del lugar los recibió y planteó tocar la campana para llamar al resto
del pueblo.
-
No, eso
solo pondría en riesgo la vida de las demás personas. Solo los afectados nos
quedaremos aquí.
Si
bien el lugar no estaba en llamas, Gabriel podía sentir el calor inusual en el
ambiente que disonaba con lo típicamente frio que son las iglesias.
El
medico se acercó al sacerdote y le solicitó acceso a su botiquín y al agua. El
sacerdote con un ademán y mirada de desdén le indico los lugares y Santiago se
puso manos a la obra: Mojó paños, hecho ungüentos, recostó en los asientos de
la iglesia a los heridos y trato las lesiones. Mientras esto pasaba pudo ver a
Gabriel y el cura hablar a la distancia. Sus relaciones con la iglesia no eran
muy buenas, mucho menos con aquel hombre de sotana.
-
Has una
oración para calmar a la gente del pueblo – Le pidió el jefe al cura -Tengo un
plan para sobrevivir a esto, pero necesito pensarlo un poco más.
El
cura hizo un ademan de no entender lo que sucedía ni la urgencia de que él se
dirigiera a la gente en la iglesia, muchos de los cuales ni siquiera lo
consideraban autoridad religiosa, pero al notar el rostro afligido de Gabriel,
aceptó y se dirigió al podio. Gabriel le pidió a un joven del pueblo, llamado
Luis, para que se parada en la puerta de la iglesia y gritara con un megáfono
que todos se queden dentro de sus casas y no salieran.
-
Una cosa
más, si tienen casas con techos de pajas, que se pasen a una de ladrillos. Apelo
a la solidaridad del pueblo para salir de esta crisis.
-
Entendido
jefe – dijo el muchacho y rápidamente salió por los portones de la iglesia a
realizar su labor.
Gabriel
buscó tomar asiento para escuchar al cura y comenzó a pensar en su plan, donde
no sabía si podría incluir a su esposa enferma: `Debo encontrar la forma de
llegar a esas montañas, necesitaremos una manera de hacernos sombras, depender
de las nubes sería muy azaroso. Tengo que ver la manera de solucionar este…
este… este ¿apocalipsis?”. Rápidamente levanto la cabeza y vio al cura, estaba
leyendo el apocalipsis en medio del caos. El jefe se levantó con rapidez de su
asiento y comenzó a hacerle gestos al cura; sin embargo, este no parecía
entenderlo. Entonces le grito.
-
¡Deje de
leer eso!
-
Pero jefe,
son tiempos de tribulación.
-
¡Ya basta!
– Continuó mientras avanzaba en medio de las dos filas de asientos mirando las
caras de terror de los pobladores.
Una
vez que llegó al lado del cura, le arrebató el micrófono muy molesto y se
dirigió a su pueblo a quien le pidió calma y comenzó a exponer su plan de
escape.
----------------
-
¡¿Irnos a
las cuevas?! – exclamó Aurora mientras miraba el pozo con melancolía -¿acaso no
podemos esperar a que todo se arregle?
-
No mujer,
he visto los dos soles y he visto a las ovejas morir… acabamos de ver como la
paja del techo de nuestro hogar ardía. No podemos quedarnos. Mientras bajaba
fui recordando las historias que mis abuelos contaban sobre los Antiguos
-siguió hablando Ramón, mientras recogía las pocas cosas de valor que tenían y
los guardaba en unas talegas de lino, los que colocaba a la entrada de la
puerta de su casita semi destruida. Aurora lo seguía de cerca ayudando a
recoger las cosas, Jacinto se quedó recostado cerca del muro de piedra donde
aún no llegaba el sol junto a él estaba Isaías jugando sentado junto al
cachorro con un carrito de madera muy viejo, pero sin perder atención a lo que
su padre decía.
-
¿Quiénes
son los antiguos, padre?
-
Son unos habitantes
de estos lugares que vivieron hace mucho, mucho tiempo atrás.
-
¿Qué les
pasó, padre?
-
Te lo voy a
contar curiosa criatura. Mis abuelos decían que hace mucho tiempo atrás
aparecieron dos soles, como ahora, y quemó los bosques, las cosechas y secó los
riachuelos convirtiendo todo el paisaje en un desierto. Para no morir los antiguos comenzaron a cavar la
tierra y estaban tan desesperados por sobrevivir, pues habían visto morir a
muchos de sus seres queridos, que en una sola noche hombres, mujeres y niños
tomando sus palas y sus asados consiguieron hacer pasajes profundos bajo tierra
y así conseguir huir de los rayos de los dos soles. Pasaron escondidos varios
días hasta que se les acabó las escasas provisiones y tuvieron la necesidad de
salir para conseguir sustento. Acordaron que lo harían de noche y se
organizaron en grupos. Cuando el primer grupo salió después que los soles se
ocultaran, pero cuando vieron la superficie solo encontraron desastre, pues
todo estaba quemado y aún se olía el humo de las cosechas convertidas en
carbón. Caminaron con sus antorchas por muchos lugares sin hallar nada que
sirviera para alimentarse y retornaron a la guarida subterránea casi con la
salida de los soles. Se quedaron acurrucados aquellos sobrevivientes, pensando en
cómo resolver ese problema, hasta que a uno se le ocurrió seguir cavando hasta
llegar al lecho del rio, pensaron que posiblemente algo de ese gran rio había
guardado sus aguas para esos pobres seres y así lo hicieron. Unos cavaban y
otros sacaban la tierra y las horas fueron pasando y finalmente llegaron al
lecho del rio y se dieron cuenta cuando unas gotas de agua comenzaron a caer
sobre sus cabezas. Todos se alegraron y se abrazaron llenos de esperanza y ese
día pudieron descansar, al menos habían hallado agua. Con los días se vieron
obligados a hacerse más espacio y construyeron cavidades como si fueran
habitaciones para cada familia. Buscando entre sus pertenencias hallaron una
que otra semilla y tras ampliar una zona redonda en medio de las pequeñas habitaciones
se atrevieron a sembrarlas y las semillas crecieron pero dieron poco fruto y
era debido a que no recibían los rayos de sol, entonces acordaron hacer un
pequeño agujero sobre esa plazoleta para que ingresara la luz del sol y así
pudieron pasar mucho tiempo resguardados de los dos soles y alimentados a la
vez por los rayos de esos astros que extrañamente hacía que las semillas
plantadas crecieran de prisa y dieran frutos en abundancia.
-
Padre,
nosotros podemos hacer lo mismo -dijo feliz Isaías
-
No pequeño,
somos solo nosotros para eso necesitamos de mucha ayuda, por eso debemos
refugiarnos en las cuevas de la montaña y tenemos que hacerlo pronto.
-
Pero si
buscamos los agujeros -dice Isaías como si no quisiera decirlo.
-
Habría que
buscarlo y no hay tiempo, si hoy no nos vamos, no lo haremos después, porque
moriremos.
----------------------
Cayó la noche sobre el
pueblo y Gabriel ordenó a la gente refugiada en la iglesia que retornaran a sus
casas y que se quedaran en ellas porque no había conseguido convencerlos en
construir refugios bajo tierra, pues viajar hasta las montañas era muy arduo
para los ancianos y los niños.
Gabriel caminó
pausadamente hacía su domicilio. Se sentía infinitamente más viejo de lo que
era. Le dolía el pecho cada vez que recordaba el egoísmo de la gente que
pretendió proteger en las instalaciones de la iglesia. Consideró que la actitud
del cura fue inusual para un religioso. Se había opuesto a que la gente saliera
a buscar refugio fuera de sus hogares. Había gritado con voz en cuello que era
una herejía no creer que Dios los protegería en sus propios hogares, si tenían
fe; y a él, a él le habían mirado con desprecio ¿por haber intentado salvarse y
salvarlos o por su falta de fe en Dios? Pero él era creyente y eso no le
impedía buscar refugio.
Llegó a la puerta de su
casa y ésta se abrió antes que él pudiera colocar la llave en la cerradura. Era
Graciela que portaba una bolsa de viaje de tamaño regular en una mano, mientras
en la otra tenía cogida de la mano a la esposa de Gabriel. Él las miró
sorprendido, pero no tuvo tiempo de emitir ninguna palabra, pues Graciela dijo:
-
Mi madre
conoce el ingreso a los subterráneos que construyeron unos habitantes antiguos
de la zona, para sobrevivir a una catástrofe como la que está sucediendo y allí
voy a llevar a la señora, si quiere puede acompañarnos.
E inició a caminar
llevando casi a rastras a la anciana esposa de Gabriel que lo miraba con esos
enormes ojos azules que lo enamoraron siempre y esa sonrisa dulce de niña
inocente que con el alzhéimer que padecía la hacía tan genuina. Graciela se
encariñó pronto con ella, tal vez porque también tenía una madre que lindaba
con la locura. Comenzó a caminar tras ellas. Apenas se podía ver en esa casi
total oscuridad, pues los faroles de las calles habían explotado durante el
día.
-
¡Jefe,
jefe! -escuchó los gritos de Santiago. Reconocería esa voz donde fuera. Era una
voz cálida, que le daba paz, como la voz de los buenos médicos que cuando
hablan a sus pacientes, les curan primero el alma. Se detuvo al igual que los
hicieron las dos mujeres que caminaban delante suyo. Ya habían salido de los
límites del pueblo- ¡qué bueno que los encontramos, queremos ir con ustedes!
-dijo casi exhausto llegando junto a Gabriel -somos cuarenta con mi esposa, mi
hija y Lucía. La madre de Lucía dice que conoce los subterráneos, nos esperan
con la madre de Graciela, en la entrada, cerca del rio seco.
-
Qué gusto
me da verte, Santiago -Gabriel le extendió los brazos y se abrazaron en un
saludo extraño, como si fuera la última vez que se vieran.
-------------------
Había pasado hacía
mucho la media noche. La oscuridad era casi total y si no fuera por la linterna
de grasa de res que Isaías llevaba, no hubieran podido caminar por ese terreno
lleno de piedras y guijarros que lastimaban los pies. Ramón y Aurora avanzaban
arreando las pocas ovejas que les habían quedado. Jacinto caminaba con
dificultad junto a su amigo canino que parecía guiar sus pasos, aún sentía
malestar por las quemaduras del sol y la fiebre no lo dejaba, la sensación de
calor que aumentaba debido al inusual ambiente de noches cálidas de esos
últimos días. Ramón sabía que no conseguirían llegar a las cuevas antes que los
soles aparecieran por el horizonte y decidió que se cobijarían en la hondonada,
donde había rocas que sobresalían y posiblemente con ayuda de Aurora podrían
levantar una pirca de piedras de tal forma que los pudiera proteger hasta el
anochecer.
Por fin llegaron a la
hondonada, ya había empezado a clarear y se veía esa luz tenue entre el día y
la noche que tanto le gustaba a Jacinto. Se quedó sentado sobre una pequeña
roca apoyando la espalda contra la base de esa enorme montaña. Ya no sentía dolor,
todo en él estaba en paz. Ramón e Isaías cavaron apenas sobre la tierra, lo
hicieron con las manos, con el corazón oprimido por los sollozos de Aurora que
en ningún momento dejó de cargar el cuerpo inerte de Jacinto en su regazo hasta
que Ramón se lo arrebató para sepultarlo. El cachorro gimió de dolor y se recostó
a los pies de su recientemente sepultado mejor amigo.
Llegaron a la entrada
de la cueva muy entrada la madrugada. Habían sobrevivido al día ardiente
protegidos por las rocas. Las manos de Ramón tenían quemaduras por sostener las
lajas como techos improvisados, pero había valido la pena, había salvado a su
pequeño hijo y a su esposa. Ahora debían buscar agua en lo profundo de la
cueva.
--------------------------
Hallaron en la entrada
de una estrecha caverna a la madre de Graciela, tenía como era su costumbre,
los cabellos entrecanos completamente desordenados, la mirada perdida como si
siempre estuviera escuchando algo que solo ella oía. Sus prendas de vestir
estaban sucias y remendadas, pero a ninguno de los presentes les pareció
extraño, ya la conocían y su apodo era “la Loca”. Inició a bajar por la
estrecha abertura y los demás la siguieron, siendo los primeros Gabriel,
Santiago, Graciela, la esposa de Gabriel y los demás.
Mientras más avanzaban
la galería se hacía mas amplía, pero la travesía era muy larga y no sabían con
exactitud hasta donde bajarían. Los niños y las personas mayores comenzaron a
cansarse y se fueron rezagando, entre ellos estaba la esposa de Gabriel, que
con su dulce mirada que parecía verlo todo con alegría, se acomodó en un
recodo. Le dejaron una pequeña linterna de aceite y los niños la fueron
rodeando y se fueron acurrucando unos con otros. Sus miradas eran de temor, de
desconcierto, pero por alguna razón la serena forma de ser de la esposa del jefe
los atraía.
Mientras los demás iban
avanzando fueron notando que al fondo de ese interminable pasadizo sonaba algo
así como la corriente de un rio y tuvieron confianza en llegar a un lugar donde
pudieran sobrevivir, pues no sabían si aquel segundo sol había llegado para
quedarse o como en otras épocas antiguas solo acompañaría a su estrella el
tiempo que durara su travesía por el universo.
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La gente del pueblo que
se había decidido quedarse, al sentir que sus viviendas no eran lo
suficientemente seguras para soportar los ardientes soles decidieron, cada
quien, por su cuenta, acudir a la iglesia donde les esperaba el sacerdote.
Algunos llegaron, aunque con la piel lesionada, pero otros se quedaron en el
camino, cuyos cuerpos luego de permanecer solo minutos ardían hasta convertirlo
en cenizas.
El sacerdote parado en lo
alto de la torre, en el campanario, miraba desfallecer, morir y convertirse en
cenizas a sus feligreses, parecía impasible, pero su corazón se estaba
rompiendo. Debió aceptar la oferta de Gabriel, pero su fe le hizo creer que
aquel a quien había entregado su vida, los salvaría, pero olvidó que para que
eso ocurriera debía ayudar, lo decía la Biblia. Cuando el sol arreciaba al
medio día, ya no pudo aguantar más, tanto dolor y bajó al primer piso, se
dirigió a la puerta principal, había tantos cadáveres incinerados camino a la
iglesia, que lleno de terror avanzó unos pazos, olvidando que los rayos de
aquellos dos soles estaban en su esplendor. Sintió como si un rayo de energía
pura lo atravesaba desde la cabeza hasta los pies. Ya no veía mas a los cuerpos
incinerados.


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