CAPRICHOS DE UN FEROZ E INCOMPASIVO DESTINO


Caminado sin zapatos sobre la hierba fresca, Bárbara sentía que el paraíso se extendía debajo de sus pies, podía correr sin que nada pudiera detenerla, el mundo del campo era totalmente suyo. Regresaba a su sencilla casa antes del medio día para ayudar a su madre y a su hermana a preparar el almuerzo que luego disfrutarían con su padre.

Así transcurrían aquellos hermosos días de verano, simplemente, en las mañanas correr detrás de una mariposa o tratar de alcanzar un ave silvestre que se encontraba en el camino, hasta llegar al río donde sumergía sus infantiles pies, refrescando sus recuerdos, de lo sucedido algunas semanas atrás, cuando había dejado la escuela y a sus amigas. Esta vez sería por largo tiempo, algunas cosas comenzaron a cambiar en medio de una incertidumbre juvenil y, simultáneamente, su belleza pastoril iba floreciendo en su rostro, en su cuerpo.

Aquella tarde después de almorzar, su madre se sintió cansada y le pidió ayuda para poder recostarse a su cama hasta que ese malestar se pasará; sin embargo, ese malestar duraría por varios días.

Ahora ella y su hermana, que era mayor por dos años, se encargaban de los asuntos domésticos que requería su humilde hogar; ahora con una tarea más, de atender a su delicada madre cuya salud se iba deteriorando con el pasar de los días.

Aquel día, el médico salió del dormitorio de su madre con el rostro algo desolado y de gran preocupación, tratando de articular palabras para explicar lo que, en muy poco tiempo, sería el desenlace. Los ojos de Bárbara, impregnados de lágrimas buscaban refugio en los de su hermana, siendo que la consolación se convertiría en el único camino por el cual ir, para tratar de desahogar aquella tristeza que, iba tomando posesión en los estancos de su corazón.

El desconsuelo de perder a su madre duraría por siempre. Días antes la había tenido en su regazo y, suplicante entre sollozos, le pedía con toda la desesperación del mundo, que se quedará con ella, que no podría imaginar no volver a tenerla más. La cansada mano de su madre se alzaba temblorosa, acariciándole sus largos cabellos y atrayendo su rostro para besar su frente, susurrando, con voz apagada, que la amaba como a nadie en este mundo; en su mente solo escuchaba aquella voz que la llamaba para la reunión al final, su cuerpo ya no le obedecía, el rezago de las últimas fuerzas se iban con cada minuto que pasaba, el tiempo se escurría entre sus manos y los recuerdos se atravesaban en su mente tan rápido que no podía distinguir los alegres de los tristes.

Tratando de tomar nuevamente su mano, asió el espacio que las separaba, conteniendo el último aliento trato de aferrarse en sus brazos, pero el esfuerzo fue en vano, los párpados inmisericordes, caían como cuando se derrite lentamente la nieve, el fuego de su corazón se extinguía sin mirar atrás, para llegar a su improrrogable fin, sus labios que sostenían el peso del balbuceo de sus entrecortadas palabras, ahogaban un grito desesperado.

Las lagrimas que cayeron se empozaron en las palmas de sus manos destempladas, no podía moverse, el dolor que le causaba ese momento parecía eterno, no cabían en su pecho los infinitos sollozos, y en su mente pasaron rápidamente todo el tiempo que sus recuerdos no podrían ya borrar, el lacerante vacío y desamparo se habían apoderado en su alma.

Intentó abrazar aquel cuerpo inerme que se preparaba para el último suspiro, pero las fuerzas se le acababan, un abrazo, que quedaría entre ellas, perennizaría el paso a la inmortalidad; después, un repentino silencio cubrió la habitación, las lágrimas ya no corrían, las últimas que rodaron comenzaban a secarse en sus mejillas, como cuando se seca un río, volvió a mirar su rostro cuando en ese instante terminaban de caer los parpados, cerrando aquel triste final, cayendo el telón de la vida sin piedad, sus brazos sintieron el ultimo aliento y el cuerpo perdía el control al desvanecerse, el alma se escapa del cuerpo a su destino final, un luz pálida se esparció por todo la habitación, rozando sus húmedas mejillas, como una destemplada despedida.

Los días siguientes aún conservaban el recuerdo doloroso de aquella pérdida, los adornos de la casa se vistieron de luto y las paredes quedaron impregnados del olor de flores que se marchitaban por el paso del tiempo. Los muebles tenían un aspecto como si el polvo los hubiera cubierto hace siglos. Ahora las tareas domésticas se hacían sin prisa, dejando que el tiempo se apoderará de todo.

El dolor que no pasaba y quebraba la voluntad paternal, comenzó a sugerir como compañero un efímero olor a alcohol, que se probaba con disimulada discreción, para luego como en un tornado, convertirse en una fuerza insuperable que obligaba a llenar varias copas que se vaciaban muy rápidamente.

Un padre que podría sucumbir tempranamente a la soledad, se sumergía en los arroyos de aquella lúgubre bebida que, siguiendo el torrente, recorría sus venas y lo hacía perder, por ratos, la conciencia de vivir.

Los males se mudaron a aquella humilde casa y con lo poco que podían vivir, todo comenzó a decaer en miseros mendrugos y bocados amargos de unos panes duros, algo de guisantes y agua. Su hermana que se erguía con la belleza de los años juveniles de su madre, la hacían parecer cada vez más con los vestidos que dejó en un armario y que se los ponía al haberse quedado solo ya con lo que tenía para una faena de un día amargo. La complicidad del néctar espirituoso y la pérdida de la razón confundieron su belleza que, en un arrebato de inmisericorde pasión entreverada, perdió la natural inocencia en la alcoba de sus padres. El cómplice alcohol había cumplido su vil propósito quebrantando del orden natural.

El posterior abandono despejo todos los sentidos de aferrarse a la vida como cuando el pez quiere escapar al anzuelo, haciendo vanos intentos. Así, sin una guía se tenía que enfrentar a batallas, sin armas, sin nada, y con una gran desolación encima. Habría que dejar todo atrás, solo cabían los hermosos recuerdos que aún podían evocarse.

La soledad, otra de los despiadas cómplices de las desdichas, se hacía fácilmente con la posesión de su débil alma, la cual queriendo cambiar de destino, buscaba en el pasado aquellos momentos de felicidad, tratando de reconstruir aquellas imágenes difuminadas que llegaban a su mente.

Cuando se abría una pequeña puerta a la esperanza, el destino caprichoso, haciendo gala de su más alevosa falta de compasión, trazaba un mapa que conducía a las más tristes sendas por las que se podría transitar.

José, amigo desde la infancia, y compañero de sus infantiles juegos, se presentaba a la puerta de su casa, sucumbiendo con todo el peso de lo que podía conseguir para que no pudieran seguir el día sin probar bocado, la alegría que podía, por unos momentos apaciguar esa perpetúa tristeza, se instalaba entre ellos mirándose a los ojos. Aquella inocente complicidad, llegaría a ser un soporte, aunque débil, de su vida.

Cuando llegó el momento de dejar definitivamente aquel lugar, para buscar una nueva vida, donde poder encontrar algo de alegría para su corazón, y la anhelada paz, acordaron encontrarse cerca de la estación de buses, para emprender, juntos, una vida nueva. Sin embargo, en el último momento, cuando estando parada con un pequeño bulto que contenía su última esperanza, su compañero nunca llegó, tampoco nunca se enteró que había sido detenido por las cosas que anteriormente le llevaba para calmar el hambre.

A los dos días, junto con su hermana, emprendió, rumbo a la incertidumbre, sin destino final. Justo aquel día, gracias a un amigo, dieron libertad en horas de la noche a José, quien corrió hacía aquella casa donde había puesto su esperanza y corazón, encontrándola lúgubremente vacía, como pronto se encontraría su alma.

Los trabajos fueron esporádicos, ambas hermanas eran inseparables, en el trabajo, en el pequeño cuarto que habían conseguido, en la soledad y en la tristeza. Las emociones fueron cuesta arriba, cuando su hermana conoció un joven militar que le ofreció la calidez de su compañía; aquella situación triste empezaba a ser diferente, unos meses que pudieron cambiar el camino duro que había transitado hasta ese momento.

Una triste noticia llegó una mañana, cuando todo parecía distinto, una llamada para ir a combatir a las huestes en las colinas y que amenazaban la ciudad, fue la despedida de aquel joven militar que dejaba un amor, un hijo en camino y una hermana que le había regalado la vida. Nunca pudo regresar porque nunca encontraron su cuerpo.

Ahora la vida volvía a tener el cauce que tuvo anteriormente, todo parecía sucumbir a los caprichos de un feroz e incompasivo destino. Miró en el espejo su cansada figura, tratando de encontrar una respuesta a las vicisitudes de la vida, cuando el menor de sus dos hijos jalaba su vestido pidiendo que lo cargara. Sentía un inmenso amor a aquel fruto de su vida. Había llegado tan rápidamente, no le dio tiempo a que pudiera hacerse cargo de su primera hija. Tenía dos motivos para emprender la diaria lucha por tener a lo que para ella representaba el más grande tesoro que, piadosamente, la vida le había podido consentir.

No podía creer, cuando aquella mañana volvía a sentir aquella incesante tos que se había vuelto dolorosa, y antes intermitente, y que mancho con un poco de sangre sus pequeñas manos. Un ligero mareo y su cuerpo yacía en el piso, sus pequeños hijos con la cara embargada por el dolor y el llanto.

Una ambulancia invadía con sus luces el atardecer. El rostro de su madre se hacía más claro en medio de su inconciencia, luego las luces de los pasillos del hospital corrían hacía atrás. Un escalofriante silencio se apoderó de aquel lugar. Todo se veía como si los colores habían perdido su esencia y todo tenía la misma forma.

Sentada en el escalón de la puerta, la niña tenía entre sus piernas la cabeza recostada de su pequeño hermano. Pronto algunas lágrimas humedecieron el cabello del pequeño que se había quedado dormido. Nadie se asomaría. Nadie vendría. Los corazones infantiles empezaron a sentir el vacío del tiempo. 

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