AQUELLAS NOTAS PROFUNDAMENTE TRISTES
Pablo había nacido, como muchos de los amigos de su barrio,
en medio de una numerosa familia. Era el octavo de los hermanos de padre y
madre, pero el décimo de todos los hijos por parte de su mamá. Desde muy temprano,
como no podría ser de otra manera, fue presa de múltiples necesidades, nada era
suficiente para cubrir lo más mínimo y poder subsistir.
Así creció hasta llegar a la primaria, donde las cosas no
habían cambiado en lo más mínimo. Las necesidades iban en aumento; no había dinero
para comprar libros, ni mucho menos para comprar ropa y zapatos; por lo cual
tuvo que ingeniarse y agenciarse, a su corta edad, de los implementos mínimos
para poder asistir a la escuela. Remendó la gastada y estropeada ropa que sus
hermanos mayores dejaron, tuvo que usar zapatos de talla mucho más grande,
llenándolos de rafia para que se acomoden a sus pies. En una ocasión tuvo que
ponerse zapatos de futbol adecuándolos de tal forma que pudieran servir para su
propósito escolar, sufriendo la burla de sus pequeños compañeros “¿dónde es
el partido?”. En medio de esta etapa escolar su madre los abandonó, lo cual,
en un principio, era algo que no podía comprender por su corta edad, lo único de
lo que si podía darse cuenta es que a partir de ese momento lo peor no podría
ser peor. Tendría que enfrentarse a la vida con todas las fuerzas de tu débil
corazón y sus grandes ilusiones de niño que, a pesar del infortunio, no se le apagaban
las ganas de jugar.
Al llegar a la secundaria las cosas permanecieron iguales,
los mismos problemas, las mismas necesidades. Pero ahora las cosas si se ponían
verdaderamente difíciles, tenía una mejor comprensión de todo lo que le rodeaba
y de todo lo que le faltaba, especialmente, percatarse de la gran ausencia que
hace algunos años se había hecho evidente. Hoy esa presencia era más imprescindible,
necesaria, muchos más que el vestirse o comer, puesto que el entendimiento lo hacía
caer en una profunda depresión porque esa ausencia recién comenzaba a arreciar
y hacerse inmensamente profunda. Algo incompresible y doloroso empezó a
apoderarse de su alma y oprimía fuertemente su ya sufrido corazón. Era aquella
desesperación de querer encontrar a ese alguien y solo podía darse de frente con
el inmenso vacío, inerme frente a una gran soledad y desamparo. Sentía cómo
aquella soledad tocaba su corazón como el arco de un violín, tocando con
energía y sacando, de la forma más rebuscada, aquellas notas profundamente
tristes.
Pasaron momentos de terrible sufrimiento que, cual fiera,
devoraba su juvenil espíritu el acompañado de dolores en el vientre por la
falta de comida. En su pensamiento comenzaba a gestarse una terrible idea que
embargaba todo su pensamiento. La desesperación y la falta de esperanzas
invadían sus dolorosos días. Era pelear verdaderas batallas desde el despertar
y llegar al anochecer cansado de la lucha contra la desesperación y la angustia,
regresando a su humilde cama con las frescas heridas del día terminado. Entre
algunos sollozos entrecortados, su deseo imaginaba tocar con el dedo el recuerdo
de su madre, como cuando Dios tocó a Adán.
En muchos momentos difíciles ese terrible pensamiento
recorría su débil sombra que se aferraba en la penumbra de su empobrecida
habitación, las lágrimas recorrían, interminables, sobre su juvenil y dolorido
rostro. Mil veces deseaba la muerte ante semejante tristeza, sus sollozos
entrecortados resonaban con un leve eco que se perdía en su garganta. Y de
pronto, empezaba otro día. Lavarse la cara, pasar el peine sobre sus lacios
cabellos, vestirse con la remendada ropa y calzar aquellos zapatos que martirizaban
sus pequeños pies camino a la escuela.
Como cuando el viento sopla y nos da en el rostro, así pasó
el tiempo encaminando la tragedia a una figura juvenil que se alzaba heroica de
entre sus insufribles batallas, un bosquejo de alegría comenzaba a delinear una
sencilla sonrisa que a grandes esfuerzos lograría adornar su boca.
Las vacilaciones de una vida desorientada, sin rumbo, y como
una flor que rompe en primavera su esplendor, se presentaba el destino ante
quienes desean, con un rezago de esperanza, enfrentar las vicisitudes de una
amargada y triste vida, mirando con el rostro compasivo a aquellas personas que
no nos miran al pasar.
A pesar de esta desesperanza, el frente de batalla era el
objetivo de culminar aquella empresa estudiantil. De allí, nada estaba predestinado.
Incertidumbre lacerante que acompañaba, a muchas ocasiones, un dolor en la boca
del estómago.
Poco a poco el fulgor juvenil de aquella edad se empozaba en
el recuerdo de una niñez desvalida, aquel rostro le duraría por décadas que
tuvo, posteriormente, recurrir al bello facial para que pudiera aparentar una
mayor edad y puedan, de alguna manera, girar la cabeza para darle una mirada,
sin disimulo, de reconocimiento.
La frescura juvenil y su fuerza propulsada por la ansiedad
de aquella edad, se hacía manifiesta entre sus amigos y llevaba al resplandor
de las miradas femeninas que perturbaban su ya emocionada inquietud. Las
simples respuestas y las entreveradas conversaciones conducían, inexorablemente,
a las experiencias sensuales de coquetos perfumes.
El descubrimiento de nuevas sensaciones, sentimientos y
tiernos deseos empujaban su alma al abismo de sueños y encantos que iban
acompañados de misterios, embrujos y placer. Sentir por vez primera el
inolvidable sabor de unos finos labios femeninos llenos de vida y ansiedad. Era
como si se enjugaran las heridas de aquellas interminables batallas, reposando
la cabeza en tibio regazo. Sentir por primera vez el alzarse en victoria en
campos de batalla nunca antes explorados.
El amor se desplazaba como las incesantes olas de un mar
embravecido, aprovechando las fuerzas que recorrían en sus venas; la impostora
alegría cubría con su perturbable manto aquellos aún frágiles cuerpos recién
prófugos de la niñez. El tiempo, receloso, retenía su andar, para ser cómplice
de lo que se empozaba en las desfreiladas almas de aquellos seres animados por el
develamiento del placer que nos regalan generosamente los dioses, sin hacerse,
éstos, responsables de su dulce crueldad.
Aquello que podría ser eterno no era más que una última burbuja
de jabón, que tenía la fortaleza del rocío que resbala por el pétalo de una
flor; pero simulando el final, ante las vicisitudes, siempre germinan las
semillas, con un develamiento pausado, trayendo efímeras ilusiones que van a
colisionar con el arrecife del desencanto trivial de una vida pasajera, la que
se enfrenta a una premeditada pandemia.
A la cosecha de horas y días prosiguen arrugados almanaques
que, como enjutos acreedores, claman con energía despiadada, el irremediable reembolso
de lo vivido, lo cual viene acompañado, con el resquebrajamiento del prestado
cuerpo, como un despiadado interés.
Recostado en aquel rincón de aquella penumbrosa habitación,
el día comenzaba a rayar y los aún débiles rayos del sol reflejaban su pálido
rostro, sus ojos de pronto se dieron cuenta que volvían a mirar sus lacios
cabellos desordenados, su remendada ropa y su ímpetu de inocente niño que no
tenía la más mínima intuición de lo que sucedería en la vida, con el alma llena
de incertidumbre, pero con el ímpetu de un ave al realizar su primer vuelo.
Solo vio que esa figura infantil se despedía, desde el alféizar de la puerta,
levantando la mano, yéndose a la escuela.
Escrito por Adagio
Escrito por Adagio



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